Llovía y llovía, las gotas eran visibles en Huamanga, pero las que más humedecían nuestras frágiles existencias no eran visibles. Se había ido Napo, el que nos trajo a Ayacucho para grabar su mitin rumbo al proceso electoral de abril próximo, se había ido súbitamente, cual relámpago que iluminaba aquel momento a petición de un cielo que no alcanzábamos a comprender. Todo era confuso, daba la impresión de no sólo haber sido golpeados por la inercia del accidente sino por la noticia luctuosa de saber que no había vuelta atrás, no había cómo retroceder el tiempo, cómo pedir una tregua al creador de toda esta denominada vida, ante la repentina, insensible presencia de la muerte.
Voces más pausadas, menos conmocionadas por todo el momento que vivíamos o literalmente moríamos, nos indicaban que había que recuperar la tranquilidad y entender el mensaje del creador de todo aquello. Lo cierto es que resultaba para nada comprensible, mucho menos digerible intentar buscar al creador de tan lamentable momento. No podíamos endiosar tanta tristeza, sino por el contrario, endiablar todo aquello. ¡Tanto amor y no poder contra la muerte! una vez más retumbaba en nuestra mente.
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